viernes, 1 de octubre de 2010

Franz Liszt, "Interpretando la vida"




El hombre apasionado, inteligente y refinado; el músico virtuoso; el genio que cautivó a todos con su prodigiosa inspiración. Ese era Franz Liszt, uno de los compositores y pianistas más influyentes del siglo XIX, quien, con su indiscutible talento y su imponente brillo intelectual, marcó una de las épocas fundamentales de la historia de la música: el Romanticismo.

Liszt, de origen húngaro, mostró, desde muy pequeño, un impresionante talento musical. Con el fin de iniciar su formación artística, la familia viajó a Viena en 1821. Cuando el pianista Karl Czerny constató la destreza del niño de 10 años, dijo: “No he escuchado un talento igual desde Schubert, puede llegar a ser mejor pianista que nosotros”. A él y a Antonio Salieri, sus padres confiaron el inicio de sus estudios musicales.

Dos años más tarde realizó en Viena su primera presentación como pianista, en la que, entre otras interpretaciones, improvisó sobre un tema de la Séptima Sinfonía de Beethoven. Y era, precisamente, conocer al compositor alemán, la obsesión del joven Liszt. Czerny logró que lo recibiera en su residencia. Allí, Beethoven le pidió que tocara La Fuga en do menor del Clave bien temperado de Bach. Luego interpretó el primer movimiento del Concierto en do menor para piano, del propio Beethoven. La prueba resultó tan positiva que, al día siguiente, el maestro de Bonn asistió a un recital del joven Franz, y, al finalizar la interpretación, subió al estrado y le besó la frente. Éste representó uno de los acontecimientos más memorables de su vida.

Gracias a los extraordinarios progresos mostrados, en 1823, la familia trasladó su residencia a París, con el fin de perfeccionar su formación musical. Sin embargo, el compositor y Director del Conservatorio parisino, Florentino Luigi Cherubini, impidió su ingreso, motivado por el malestar que le produjo la presencia del joven músico, y argumentó que en el centro no podían estudiar extranjeros.

Decepcionados por la negativa, la familia encomendó a Anton Reicha la continuación de sus clases. Pasado algún tiempo, el ambiente parisino reconoció el nacimiento de un nuevo genio. Pero, la tensión y el cansancio acumulados resintieron su salud, y le produjeron una crisis religiosa con tendencia pseudomística que lo hizo expresar su deseo de ingresar al convento.

A los 16 años, cuando afrontaba la muerte de su padre, inició una activa vida intelectual marcada por la lectura de pensadores como Kant, Pascal, Hugo, Byron, Montaigne, Voltaire, y de Lamartine, los mismos que influyeron en la creación de muchos de sus poemas sinfónicos. Por esa época, el matrimonio de Caroline de Saint-Cricq, de quien estaba profundamente enamorado, ensombreció nuevamente su vida. Esta situación lo llevó a un estado de postración tal, que muchos presagiaron su muerte.

A pesar de todo, Liszt regresó triunfante a la escena musical. Vale recordar uno de los momentos más trascendentales de su vida: fue en 1832, en una de las presentaciones del violinista Niccolo Paganini, cuando decidió que entregaría su vida a conseguir con el piano la misma finura que aquél con el violín. Liszt, formado en la perfección de la técnica pianística, y capaz de demostrar, en una deslumbrante exhibición, un total dominio del instrumento, conoció, en Frédéric Chopin, la hondura, la intensidad y la intimidad de la interpretación musical. Así se inició una relación marcada más por la admiración que por la amistad, que se selló con la dedicatoria que el músico polaco le hiciera de la edición de los Estudios Op. 10.

Un año después, encontró a la condesa y escritora Marie D´Agoult, casada y seis años mayor que él, reconocida en el mundo literario como Daniel Stern. Ambos decidieron, sin importar los prejuicios de la época, vivir juntos, lejos de la multitud. Durante ese tiempo, Liszt amó y trabajó intensamente, lo que se reflejó en la calidad de sus obras. En 1836, gracias a las advertencias de su amiga George Sand, regresaron a París a recuperar el sitio de honor que le pertenecía. De la intensa relación amorosa que vivieron, nacieron Blandine (1835), Cosima (1837) y Daniel (1839).

Entre 1839 y 1847 Liszt realizó largas giras por toda Europa, y consiguió una fama sin precedentes. Recordemos también que uno de los músicos que más influyó en su vida personal y artística fue Richard Wagner; odiado y amado; de gran amigo pasó a ser el segundo esposo de su hija Cosima, a quien superaba en veinticinco años, casada en primeras nupcias con el pianista y director de orquesta Hans von Bülow.

En 1842 fue nombrado doctor “honoris causa” en Königsberg y maestro de capilla de la ciudad de Weimar. Esta etapa abarca 15 años de su vida, un periodo de gran significación musical en el que se fecharon composiciones tan importantes como la Misa de Gran, doce poemas sinfónicos (Lo que se oye en la montaña y Mazeppa basados en obras de Víctor Hugo; Orfeo, de una representación de Gluck sobre el personaje mitológico; y Hamlet, inspirado en Shakespeare; entre otros), las sinfonías Fausto y Dante, el Concierto no. 1 en mi bemol mayor, así como partituras pianísticas tan admirables como el segundo volumen de los Años de peregrinación, las Baladas, los Estudios Paganini, los Estudios de ejecución trascendental, las Consolaciones y la Sonata en si menor.

Las frecuentes aventuras amorosas de Liszt dieron fin, en 1844, a su relación con Marie. Una de las más recordadas ocurrió con la bailarina Lola Montes, de las mujeres más hermosas, singulares, tumultuosas e insólitas de todos los tiempos. El profesor Alexandre Arnoux escribió: “Lola posee el don del embrujamiento: nadie la resiste; los policías encargados de llevarla a la frontera se apasionan por ella; y un sacerdote que la califica de encarnación de satán, murmura ¡pero qué bello es este demonio!.”

Durante una gira de conciertos, en 1848, conoció a Carolyne Ivanovska, esposa del Príncipe Sayn-Wittgenstein, escritora y filósofa especializada en asuntos teológicos. Liszt se enamoró de nuevo. Sin embargo, las intrigas de la curia romana, en la que ejercía tanta influencia el Príncipe Sayn-Wittgenstein, impidieron varias veces el enlace eclesiástico de los amantes.

Desilusionados, decidieron instalarse en Roma, en casas separadas. Ella se dedicó a sus estudios teológicos, y él a la composición de un gran oratorio sobre la leyenda de Santa Isabel de Hungría, una de las obras corales religiosas más importantes de Liszt. Más tarde compuso las obras para piano sobre San Francisco de Asís y San Francisco de Paula, y la bendición papal Urbi et orbi.

Cuando nadie lo esperaba, Franz Liszt anunció su decisión de tomar las órdenes religiosas menores. El 28 de abril de 1865, el gran genio musical idolatrado, y el hombre asediado por las mujeres, se convirtió en el respetable abate Liszt. Envejecido por el paso de los años, reapareció en Weimar, en 1873, donde dirigió el estreno de su oratorio Christus, una nueva obra que le mereció la aclamación del público.

Para 1880, la hidropesía deterioraba su estado de salud. De esa época son De la cuna a la tumba, Nubes grises, La góndola lúgubre y las Czardas macabras, obras que presagiaban el inicio del fin de una vida dedicada al arte.
Franz Liszt, el hombre sensible capaz de valorar, como ningún otro, y con un criterio a veces profético, el virtuosismo de otros compositores; el músico futurista, osado en la utilización amplia y variada de instrumentos de percusión y en el uso relevante del arpa; y el compositor que, a partir de las sugerencias de ciertas obras beethovenianas, fijó la forma externa de lo que hoy se conoce como poema sinfónico (casi toda la producción orquestal lisztiana puede enmarcarse en este concepto), murió en Bayreut, Alemania, el 31 de julio de 1886.

A pesar de que no se conoce el número exacto de sus obras, su originalidad está fuera de toda duda. La armonía y la forma que empleó en sus últimos trabajos anticiparon la música de algunos compositores del siglo XX, como el austriaco Arnold Schoenberg y el húngaro Bela Bartok.

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